¿Creatividad Y metodología? Pues quizá sí…

Ayer tuvo lugar en el hotel NH Eurobuilding la “copa de los ex” de Accenture España (@AccentureSpain), en la que tuvimos como ponente a Pedro Luis Uriarte, quien nos hizo una brillante (y vibrante) alocución acerca de la necesidad de transformarnos (como país y personalmente) para posicionarnos y competir en el mundo. Se trata de un asunto que, al parecer, lleva proponiendo un tiempo (p. ej., en la Cámara de Comercio de Bilbao, el pasado junio). Desconozco si colgarán el vídeo de su intervención en Youtube (como se hizo con otras, como ésta). Espero que sí, porque es muy pertinente para los tiempos que corren, aunque no es el objeto directo de esta entrada.

El caso es que, reflexionando sobre la charla de Uriarte, la necesidad de transformación y de innovación, me acordé de unas notas personales pergeñadas al hilo de una jornada de puertas abiertas en Caixafórum (excelente ubicación, por cierto) del Comité Six Sigma de la Asociación Española para la Calidad, a la que tuve ocasión de asistir hace unos meses (el pasado viernes, 16 de diciembre, concretamente), gracias a la amable invitación, en su calidad de presidente de dicho comité, de mi amigo José Miguel Quintana, compañero del PDG en el IESE y actualmente en Atlantic Copper. Estas notas, revisadas, forman la entrada de hoy.

Ciertamente, el término “calidad”, ligado a otros como “metodologías”, “estándares”, “formación”, “innovación”… tiene, en general y tanto si se quiere reconocer como si no, mala prensa entre el personal de las empresas. La asociación de ideas con “papeleos”, “pájaros y flores”, “trabajo inútil” y “auditorías” es automática, y quienes han sufrido los procesos de implantación de sistemas de calidad, están sujetos a auditorías regulares para mantener las certificaciones y tienen que perseguir a sus compañeros hasta el último rincón de la oficina para que actualicen la documentación necesaria… ellos saben bien por qué.

Sin embargo, esta jornada mereció mucho la pena.

Yo había acudido interesado por TRIZ (ТРИЗ), metodología (o, literalmente, teoría: Теория Решения Изобретательских Задач) para la resolución de problemas inventivos de la que jamás había oído hablar.

Me confieso profundamente escéptico con respecto a la cuestión de la gestión de la creatividad, posiblemente como resultado de un consumo excesivo de literatura insustancial, “políticamente correcta“, atestada de lugares comunes y escrita a humo de pajas (y, en la práctica, sin uso alguno). También, justo es decirlo, tiene mucho que ver el “secuestro” (abuso, si se quiere) del término por campos como el cine, la TV, la publicidad, la fotografía, la pintura, el teatro…, donde se utiliza con gran ligereza y libertad (al parecer, ninguna reseña, descripción, anuncio o crítica que se precie puede dejar de insertar el término “creatividad” o uno de sus sinónimos).

Sin embargo, éste es un caso distinto, que no nuevo (¡se remonta, como poco, a la Segunda Guerra Mundial!) Agradezco a Juan Ignacio Ballesteros (ENUSA), vicepresidente del comité, su clarificadora presentación (confirmo que yo tampoco entendía lo del tanque, pero me tranquiliza ver que estaba en buena compañía ;)). El descubrimiento de un punto de vista con respecto a la creatividad y la innovación de fuerte componente ingenieril y técnico, apoyado sobre inventos, dispositivos, máquinas, planes, diagramas, procesos… REALES fue una grata sorpresa.

Para empezar, la base está en el estudio en profundidad de muchos miles de patentes que llevó a cabo su creador, Альтшуллер, Генрих Саулович (Genrich Altshuller), inspector de patentes en la armada soviética pero, sobre todo, inventor él mismo (y escritor de ficción  y novelas policíacas, bajo el pseudónimo de Генрих Альтов, Genrich Altov).

Aparte de la constatación (por vía de contrastación) de hechos largo tiempo sospechados, y que, quien más y quien menos, todos nos olemos cada día (como que el 90% de los problemas ya se han resuelto antes, que sólo una de cada cinco patentes es realmente inventiva…), lo más interesante es que, al final, y después de décadas de análisis (más 2,5 millones de patentes “destripadas”) todo puede “reducirse” a 39 parámetros ingenieriles sobre los que actuar, y la aplicación de 40 principios inventivos… y no salen más (después de décadas de investigaciones).

Esto me lleva a varias reflexiones:

  • Es posible acelerar de forma sistemática la búsqueda de soluciones o mejoras de procesos o dispossitivos, prácticamente en cualquier campo. ¿Por qué no ir a donde ya sé que hay pesca, mejor que lanzar la red en cualquier sitio, esperando coger algo?
  • La sola enseñanza de la metodología puede, seguramente, “disparar” en las empresas el número de ideas y propuestas para crear cosas nuevas y útiles, y resolver problemas de muy diversa índole.
    • Simplemente repasar los principios inventivos y pensar brevemente si pueden ser aplicables al trabajo que tengo entre manos me puede generar una reacción ¡ajá! (recuerdo del genial Martin Gardner). Incluso si hasta ahora no he visto problema alguno en el producto.
  • Padecemos un defecto ya crónico de análisis de datos, de investigación de hechos: no explotamos el conocimiento objetivo, escribimos y escribimos, pero apenas analizamos lo que  publican otros (lo que lleva a la falta de crítica y diálogo: como mucho, se discuten tesis abiertamente polémicas, como en este ejemplo, pero miles y miles de estudios y artículos adquieren cada año carta de naturaleza, supuestamente probando… lo que haga falta). Quizá se trate de un efecto colateral no deseado de
    • Las facilidades actuales para publicar a bajo coste
    • … en combinación con el enorme volumen de fondos públicos y privados dedicados a la investigación – o “investigación” -: por publicar se cobra, pero por analizar, validar, contrastar, refutar… no.
    • La falta de estándares, herramientas, etc. para “valorar” sistemáticamente los contenidos publicados (sí hay muchas herramientas para detectar si el contenido publicado es original/no duplicado. P. ej.: Copyscape, Plagium, Article Checker). En ausencia de ellos, el volumen manda.
  • En línea con lo anterior, es fácilmente explicable la falta de perfiles de investigadores y analistasque se dediquen en profundidad, durante años si hace falta, a “destripar” los datos, a entender las implicaciones y a generar cosas nuevas a partir de lo existente. ¿No tendremos aquí un problema?
    • ¿Puede ser mitigada esta dificultad mediante proyectos para digitalizar todo ese conocimiento objetivo, de manera que sea procesable por herramientas automáticas?
    • A su vez, este punto suscita la cuestión sobre quién podrá procesar estos datos y tener acceso a los resultados. Como es bien sabido, Google, p. ej., recoge infinidad de datos de todo el mundo pero, desde luego, NO comparte toda la información que obtiene de ellos, ni mucho menos.
    • ¿Cómo vamos a conseguir que nuestros jóvenes deseen conocer, entrar al fondo de las cosas, averiguar nuevas verdades objetivas? ¿Sólo vamos a ofrecerles el incentivo de poder ganar – con un poco de suerte – gran cantidad de dinero inventando el nuevo iPhone?
      • En tal caso, hagamosles ver que la investigación de lo existente, con el apoyo del marco analítico que ofrece TRIZ (aquí lo menciono a modo de ejemplo), puede permitirles encontrar el “iGoldpot”.
  • El hallazgo de nuevos parámetros o principios inventivos (lo que hasta ahora no se ha producido, como recogía arriba) podría suponer un escalón adicional, o quizá incluso un salto cualitativo en TRIZ (o hasta dar lugar a algo nuevo). Sólo por este motivo ya sería interesante continuar la labor emprendida por Altshuller sobre las patentes registradas desde entonces, y las nuevas que vayan apareciendo.
  • Es la inquietud personal, la ambición intelectual y el interés de los investigadores, curiosos, estudiosos… el principal motor de innovación; en ellos radica la creatividad, y no en los programas gubernamentales o (hay que decirlo) incluso empresariales del tipo que fueren. Éstos pueden, sin dudar, aportar recursos y establecer prioridades, pero NO serán los que generen nuevas ideas.
  • No hay mal que por bien no venga: de no ser por la muy humana ambición de ganar dinero sin dar nada a cambio (o sea, vivir del momio, privilegio de invención… o, en nuestros tiempos, de patentes, derechos de propiedad intelectual, etc.), seguramente no contaríamos con registros de patentes donde se detallan de todo tipo de invenciones. Sin ellos el trabajo de Altshuller no habría sido posible.
  • ¿Sería posible analizar de forma sistemática, automatizada, empleando técnicas de inteligencia artificial, los registros de patentes de la Unión Europea, de los EEUU, etc. para encontrar nuevos principios inventivos? (la minería de datos tradicional, probablemente, tendría dificultades de varios tipos – entre otros, en lo que se refiere a imágenes, diagramas, planos, etc., de reconocimiento de formas, análisis de esquemas, reconocimiento de patrones…) Como poco,
    • Los hallazgos de Altshuller nos permitirían probar nuestros algoritmos y programas (como mínimo, deberían hallar lo mismo que él encontró – al menos, éste sería el objetivo -)
    • Los programas de IA empleados podrían reconocer los patrones de una forma nueva y diferente – quizá “abriéndonos los ojos” a otras perspectivas -.

    Por último, no puede pasarse por alto que TRIZ está orientado a la resolución de problemas concretos, materiales, de carácter ingenieril (en el sentido más amplio que se quiera): mejorar la velocidad, minimizar los errores, aumentar la resistencia, rebajar el peso, incrementar la productividad, reducir el esfuerzo, prolongar la vida útil… Hablamos de cantidades medibles y cuantificables, objetivas y concretas.

Sin embargo, hoy en día hay otra serie de factores competitivos que, probablemente, sean aún más importantes: los relacionados con comprender la psicología de usuarios y consumidores, con la creación de una experiencia de uso que les “enganche”, que les haga amar tu marca o producto – si puede ser, por motivos irracionales -, más allá de sus características técnicas, su utilidad, su robustez, su practicidad, su precio… Para esto no parece que esté pensada esta metodología, aunque incluso para esto podría tener utilidad, como nos apuntan en esta presentación.

Como quiera que sea, me parece que su peso y eficacia en la innovación tecnológica puede ser muy considerable, y que implantarla en las empresas de ingeniería, software, fabricación de máquinas herramienta, equipamiento médico-quirúrgico y, en general, en cualquier empresa en que diseño y operaciones sean cruciales (incluídas aquéllas con gran peso en logística, p. ej.) puede ser una gran manera de contribuir a generar nuevas ideas con utilidad práctica, filtrando las simples “ocurrencias”, y acelerar su puesta en marcha.

En España, donde el 99,88% de las 3.287.374 empresas que forman el DIRCE son PYMES, y hay 7 PYMEs por cada 100 habitantes, necesitamos, sin duda, una gran labor de “evangelización” para que nuestros (literalmente) millones de pequeños empresarios o emprendedores (aclaremos: en España aún hoy en día “empresario” = “malo” y “emprendedor” = “bueno”… aun siendo lo mismo) emprendan un proceso personal de aprendizaje de semejantes metodologías, un enfoque más científico de la innovación: se trata de adquirir herramientas que nos ayuden a reflexionar sobre

  • Qué valores, qué atributos han de tener nuestros productos y servicios para ser útiles y atractivos para los usuarios
  • Cómo podemos mejorarlos

En tiempos de escasez de crédito, la adquisición de estas habilidades se presenta como un vía relativamente barata de introducir una innovación (ésta, sí) SOSTENIBLE en el corazón de nuestro tejido productivo.

Espero poder indagar un poco más sobre TRIZ, aunque a día de hoy desconozco si habrá nuevas entradas sobre ella en esta bitácora.

NB: Parece que hay que mirar con cierto cuidado la bibliografía que nos muestran los buscadores, ya que ha habido una serie de incidentes sobre los derechos, la legitimidad de su legado intelectual, etc. En la duda, comenzar con la página oficial, http://www.altshuller.ru.

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